René Arévalo Rojano
ALAMEDA JOSÉ MANSO DE VELASCO.
Este tradicional espacio del paisaje urbano curicano, registra su origen en años de la Colonia, y a través del tiempo ha tenido varios nombres, esto es, «Llano de Recoleta», «La Cañada», «Paseo de las delicias», «Alameda de las delicias» y a partir del año 1943 su actual nombre «Alameda José Manso de Velasco».
El recinto, que recibe su genérico nombre de «alameda» por haber estado fotestada en sus inicios con álamos, originalmente fue construida como un sitio de recreo de la alta sociedad de los habitantes de la Villa San José de Bellavista, razón por la cual incluso estaba cercada por una reja perimetral que impedía el acceso a personas que no fuesen de esa clase social.
Hasta mediados del siglo XX contemplaba una serie de lagunas en donde incluso navegaban botes, siendo la más conocida la que estaba ubicada en el sector del actual Óvalo.
Posee una particularidad respecto de las otras tradicionales Alamedas que encontramos a lo largo del país y esta es, estar emplazada en dirección Norte – Sur y a lo largo de sus once cuadras de extensión, contempla una serie de monumentos y esculturas, entre ellas, la «Antorcha de la Escuela Normal de Profesores de Curicó», «El aprendiz» de la Lógica masónica de Curicó, el «Monolito a Arturo Pratt Chacón» y especialmente destacado, el «Monumento a Luis Cruz Martínez» héroe curicano de la Batalla de la Concepción.
«ALAMEDA DE LA VIDA»
René Arévalo Rojano
Uniformes sombras de añosos árboles,
besan el suelo con soleado manto blanco,
y recordando en silencio su pasado colonial,
recorro la Alameda José Manso de Velasco.
Y entre plátanos orientales y sus estornudos,
las acacias altivas, el olivillo y el arrayán,
paso a paso miro a los intrépidos niños,
en su mundo de juegos y alocado pedalear.
Cohetes alados de pronto me sobrevuelan,
son las audaces palomas buscando festín,
cómplices y amigas de los esbeltos zorzales,
que pacientemente atrapan una y otra lombriz.
A través del tiempo este sendero iluminado,
ha visto caer millones de hojas otoñales,
y así también ilusiones de amor infinito,
que no resistieron los huracanes invernales.
Y como en un museo perfecto de la vida real,
se cruzan ricos y pobres en armonioso ritmo,
como en una parodia de la igualdad soñada,
aunque entre unos y otros exista un abismo.
Porque la existencia del hombre es un suspiro,
una caricia sutil de ensueño, fértil y humana,
y sólo queda aprender a vivirla sin pausa,
en tiempo presente, sin ayer y sin mañana.
Declaro entonces y al terminar mi paseo,
que todo es bello si encuentras el destino,
porque la Alameda de las delicias de tu alma,
siempre estará anhelando alinear tu camino.
